El doctor español Ángel Viñuela, radicado en la isla, combina la investigación de élite —con raíces en Harvard— y la atención clínica diaria para transformar el acceso a la salud de miles de pacientes fuera del área metropolitana. Detrás de su bata blanca hay una historia de vocación, familia y propósito.

Desde niño, lo que el Dr. Ángel quería, era investigar. Su referente era su tía abuela, microbióloga en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, el equivalente ibérico del NIH estadounidense. Por eso asumió, casi por inercia, que estudiaría farmacia. Fue al acercarse el final del bachillerato cuando se dio cuenta de que esa carrera era demasiado poco biológica para lo que él buscaba.
"Empecé en medicina, pero no para ser médico", recuerda el español. Lo que ocurrió después es la paradoja que define su carrera: los primeros años de la facultad, llenos de bioquímica, anatomía y biofísica —los que asustan a quienes sueñan con el hospital—, a él le encantaban. Y cuando finalmente llegó a las salas clínicas, también se enganchó.
Egresado de la Universidad Autónoma de Madrid, realizó su doctorado en neurociencias y completó su especialización en neurología en la Clínica Puerta de Hierro, un centro con fuerte tradición investigativa donde, en los años 90, ya se practicaba la estimulación cerebral profunda y se ensayaban trasplantes celulares. Ese entorno lo sedujo definitivamente hacia el párkinson.
"El párkinson es un mundo que desde el punto de vista de la investigación básica es muy complejo y muy interesante, pero también la clínica es muy interesante y hay mucho tratamiento disponible."
Al terminar el doctorado, hizo lo que hace cualquier investigador con ambiciones globales: buscó el mejor laboratorio del mundo para su área. Los centros de referencia en trasplante celular para la enfermedad de Parkinson se concentraban en Suecia y en algunos campus norteamericanos. Eligió Harvard. Allí pasó cuatro años como investigador postdoctoral y, posteriormente, como Junior Faculty.
En Boston también encontró a la doctora Yariliz Ortiz, radióloga puertorriqueña que estudiaba neurobiología en la misma institución. Se casaron. Planeaban regresar a España, pero la vida —como suele— tenía otros planes: a ella le llegó una oferta para dirigir la radiología en varios hospitales de Puerto Rico.
"Para la familia era mucho mejor venir para Puerto Rico que irme a España", dice sin asomo de lamento. Llegó a la isla, repitió la residencia, completó un fellowship en la Universidad de Columbia en Nueva York y, desde 2015, se instaló definitivamente en Puerto Rico para dedicarse de lleno a los pacientes con párkinson.
Al recorrer la isla para establecer su consulta —lunes en Arecibo, martes en Manatí, miércoles en Hatillo, jueves en Vega Baja— comprendió algo que los datos sanitarios de Puerto Rico insinuaban y que la realidad confirmaba: fuera del área metropolitana de San Juan, el acceso a atención especializada para el Parkinson era prácticamente inexistente.
De esa constatación nació en 2016 la Fundación Parkinson Puerto Rico, de la que es fundador y director médico. A su lado, la administradora Esther Colón ha sido pieza clave en el crecimiento de la organización durante los últimos años. El objetivo era claro: crear conciencia sobre la enfermedad, mejorar el acceso a educación médica y llevar grupos de apoyo a regiones históricamente olvidadas.
"Antes, cuando llegué a Puerto Rico, ponía 'Parkinson Puerto Rico' y prácticamente no había nada. Ahora la Fundación ha aumentado mucho la información disponible para los pacientes en general."
Hoy la Fundación cuenta con grupos regionales activos en el área metropolitana, Manatí y Caguas, con otro en proceso de formación en Naguabo. También creó el primer centro de cirugía de estimulación cerebral profunda para párkinson en Puerto Rico. Calcula que la isla podría tener entre 15.000 y más de 20.000 pacientes con la enfermedad, aunque la ausencia de estadísticas oficiales hace imposible precisar la cifra.
Entre semana larga y semana larga, entre consulta y cirugía, hay tres niñas de 15, 13 y 11 años que esperan en Dorado —el pueblo natal de su esposa— y que, admite, son su principal prioridad los fines de semana. Dejó de cubrir hospitales para no trabajar los sábados ni los domingos. Los domingos, en la medida de lo posible, son sagrados: nada de citas externas, solo familia.
Para descomprimir el peso emocional de escuchar problemas de pacientes durante nueve horas seguidas, encontró un aliado inesperado en los atascos de tráfico: los audiolibros y podcasts de filosofía y meditación que consume durante sus trayectos.
Dos sesiones de boxeo a la semana completan el ritual de autocuidado. Y reconoce, con la misma franqueza con la que habla de la enfermedad de sus pacientes, que sabe la teoría mejor que la práctica. "Yo me sé muy bien la teoría. La práctica a veces no es tan sencilla."
Cuando le preguntan qué le diría a un médico joven que considera especializarse en neurología, el entusiasmo se cuela entre las palabras. Habla de una disciplina que durante décadas tuvo fama de diagnosticar mucho y tratar poco —"había muy pocas opciones"— y que hoy es una de las de mayor avance en la medicina.
"El impacto que tiene un buen tratamiento médico en un paciente con Parkinson es inmenso durante décadas de su vida", asegura. Y añade que en Puerto Rico ese impacto se multiplica: hay pocos especialistas, la población envejece y la demanda crece. Quien decida quedarse en la isla a ejercer esta especialidad, concluye, encontrará una satisfacción difícil de replicar en otro lugar.
"Médicos como yo en Estados Unidos y en España hay muchos. En Puerto Rico casi ninguno. El impacto que uno tiene aquí es enorme."