Con síntomas que avanzan de forma gradual y se confunden con otros trastornos, la hipertensión pulmonar puede pasar desapercibida durante años.

La hipertensión pulmonar es un trastorno que afecta las arterias de los pulmones y el lado derecho del corazón. En su forma más frecuente, la hipertensión arterial pulmonar (HAP), los vasos sanguíneos se estrechan, bloquean o destruyen, lo que dificulta el flujo de sangre y obliga al corazón a trabajar con una carga creciente hasta debilitarse.
Los síntomas —falta de aire, fatiga, mareos, hinchazón en piernas y abdomen, y presión en el pecho— se instalan de forma tan gradual que los pacientes pueden no advertirlos durante meses o incluso años.
Cuando la enfermedad está avanzada, sus manifestaciones se confunden fácilmente con otras afecciones cardíacas y pulmonares, lo que complica el diagnóstico temprano.
La medicina clasifica la hipertensión pulmonar en cinco grupos según su origen. El más común corresponde a enfermedades del lado izquierdo del corazón, como la insuficiencia cardíaca o las enfermedades de las válvulas mitral y aórtica. Le siguen las causadas por enfermedades pulmonares crónicas —fibrosis pulmonar, EPOC, apnea del sueño— y las derivadas de obstrucciones en la arteria pulmonar por coágulos sanguíneos persistentes o tumores.
El grupo de la hipertensión arterial pulmonar propiamente dicha puede aparecer sin causa conocida, por herencia genética, por consumo de sustancias como la metanfetamina o la cocaína, o asociada a enfermedades autoinmunes como el lupus y la esclerodermia. Vivir a más de 2.400 metros de altitud, tener antecedentes familiares de coágulos y el sobrepeso son también factores de riesgo reconocidos.
Confirmar la hipertensión pulmonar requiere descartar otras enfermedades y combinar varias pruebas: análisis de sangre, ecocardiograma, radiografía de tórax, tomografía computarizada y, en casos más avanzados, cateterismo cardíaco derecho, que es el procedimiento definitivo para medir la presión en las arterias pulmonares.
Una vez confirmado el diagnóstico, la enfermedad se clasifica en cuatro clases funcionales según el grado de limitación que impone al paciente en sus actividades cotidianas.
Aunque no existe cura, el arsenal terapéutico disponible ha crecido de forma significativa. Los vasodilatadores —administrados de forma inhalatoria, oral o intravenosa— relajan los vasos sanguíneos y mejoran el flujo.
Los antagonistas de los receptores de endotelina contrarrestan el estrechamiento arterial. Los inhibidores de la fosfodiesterasa 5, conocidos también por su uso en la disfunción eréctil, aumentan el flujo hacia los pulmones.
En algunos casos se suman anticoagulantes, diuréticos, digoxina y oxigenoterapia.
Cuando los medicamentos no logran controlar la enfermedad, la cirugía entra en escena. La septostomía auricular crea una abertura entre las cavidades cardíacas para aliviar la presión en el lado derecho. En los casos más graves, especialmente en pacientes jóvenes con hipertensión arterial pulmonar idiopática, el trasplante de pulmón —o de corazón y pulmón— puede ser la única alternativa.
Sin un tratamiento adecuado, la hipertensión pulmonar puede derivar en insuficiencia cardíaca derecha —conocida como cor pulmonale—, arritmias potencialmente mortales, coágulos en las arterias pulmonares y hemorragias en los pulmones. Las mujeres embarazadas con esta condición enfrentan riesgos severos tanto para ellas como para el bebé.
Los especialistas subrayan que consultar a un médico ante cualquier dificultad respiratoria persistente, fatiga inusual o hinchazón en las extremidades es clave para un diagnóstico oportuno que pueda cambiar el curso de la enfermedad.