Especialista alerta sobre la brecha entre la demanda de atención especializada y la escasa oferta de neurólogos dedicados a esta enfermedad en la isla

Puerto Rico enfrenta un déficit crítico en la atención de pacientes con enfermedad de Parkinson. Así lo advirtió el doctor Ángel Viñuela, neurólogo y director médico de la Fundación Parkinson en Puerto Rico, durante un simposio celebrado en San Juan.
Según sus estimaciones, la isla podría tener entre veinte y treinta mil personas con esta condición, y sin embargo el número de médicos dedicados exclusivamente a tratarla es alarmantemente bajo.
"Neurólogos que se dediquen al párkinson en particular... somos tres o cuatro realmente nada más", afirmó Viñuela, quien señaló que la situación se agrava por las dificultades de acceso al sistema de salud en Puerto Rico.
Aunque existen médicos de medicina general, internistas y algunos neurólogos con interés particular en la condición que amplían la red de atención, la especialización formal es escasa.
El doctor explicó que un proceso de diagnóstico que debería tomar meses puede extenderse a años. El paciente acude al médico de familia, esperar semanas para ser atendido, luego es referido a un especialista como un otorrinolaringólogo, y de allí a un neurólogo. "Pasaron dos años", resumió, describiendo una cadena que frustra tanto a pacientes como a médicos.
Viñuela fue enfático en desmentir la idea de que el Parkinson es necesariamente una sentencia de deterioro acelerado. "La enfermedad va progresando lentamente. Lo que pasa es que lentamente es mucho más lento de lo que la gente piensa", dijo. Hay pacientes que llevan veinte años con el diagnóstico y en los que la condición apenas se nota.
También subrayó que el Parkinson no se diferencia en ese sentido de otras enfermedades crónicas comunes. "Dígame usted qué enfermedades conoce que se curen", retó a sus pacientes. Ni la diabetes, ni la hipertensión, ni la artritis se curan: se tratan. Y el Parkinson, afirmó, "tiene tratamientos muy efectivos" que pueden cambiar drásticamente la calidad de vida.
Uno de los puntos más importantes del simposio fue la aclaración sobre los síntomas. El temblor en las manos es la imagen más reconocida del Parkinson, pero Viñuela advirtió que "una cuarta parte de la gente con Parkinson no tiembla nunca", lo que retrasa el diagnóstico porque los pacientes no asocian sus síntomas con esta enfermedad.
Además, la condición afecta al organismo de maneras que van mucho más allá del movimiento: el sistema digestivo, el urinario, el control de la presión arterial, el estado de ánimo, la memoria, el sueño y la deglución pueden verse comprometidos. "Hay veces, con la evolución, que esos síntomas afectan más al paciente que el temblor o que los síntomas motores", señaló.
En cuanto a las causas, el especialista describió una interacción entre predisposición genética y factores ambientales, especialmente pesticidas, insecticidas, solventes y contaminantes del aire. "Una persona con unos genes predispuestos desarrolle este problema", explicó, aunque aclaró que tener el gen de riesgo no garantiza desarrollar la enfermedad.
Puerto Rico resulta especialmente relevante para la investigación genética en poblaciones hispanas, según Viñuela, por su singular mezcla de herencias indígena americana, europea y africana. La Fundación participa en el consorcio latinoamericano Large PD, que busca identificar variantes genéticas en poblaciones hispanas desde México hasta Chile.
Aunque aún no existe un medicamento que detenga la progresión del Parkinson, el doctor Viñuela se mostró cautelosamente optimista. "Al conocer ya bastante mejor qué mecanismos producen la enfermedad y qué mecanismos la propagan, ahí tenemos algo contra lo que actuar", afirmó. Una cantidad enorme de laboratorios en el mundo investiga cómo interrumpir esos mecanismos. La posibilidad de que en los próximos años aparezcan tratamientos que modifiquen el curso de la enfermedad es, según él, cada vez más real.
Mientras tanto, la Fundación Parkinson de Puerto Rico trabaja para acercar información a médicos primarios, pacientes y cuidadores, en un esfuerzo por reducir la brecha entre la magnitud del problema y los recursos disponibles para enfrentarlo.