La exposición frecuente a los vegetales desde los primeros años, ofrecerlos antes de otros alimentos, hacerlos más atractivos visualmente y compartir comidas en familia son algunas de las estrategias que, según la evidencia científica, pueden favorecer una mejor alimentación infantil a largo plazo.

Lograr que los niños consuman suficientes verduras suele ser un desafío para muchas familias. La preferencia por los sabores dulces aparece desde etapas muy tempranas de la vida, lo que puede dificultar la aceptación de alimentos como el brócoli o las espinacas. Sin embargo, mantener una dieta variada rica en frutas y verduras es fundamental para el desarrollo infantil, ya que una alimentación deficiente puede afectar la cognición, la concentración, el comportamiento y el rendimiento académico, además de contribuir al aumento de la obesidad infantil.
La evidencia señala que ofrecer una amplia variedad de verduras durante la primera infancia y hacerlo de manera frecuente puede ayudar a que los niños desarrollen una mayor aceptación por estos alimentos.
Según la investigación, los años preescolares representan la etapa más importante para fomentar el gusto por las verduras. Diversos estudios han encontrado que los niños suelen necesitar varias exposiciones a un alimento antes de aceptarlo, aunque la cantidad puede variar entre cinco y 15 intentos dependiendo de cada menor.
Los investigadores también destacan que este proceso puede comenzar incluso antes del nacimiento, ya que existen indicios de que los alimentos consumidos por la madre durante el embarazo pueden influir en las preferencias alimentarias del bebé a través del líquido amniótico.
La forma en que se presentan los alimentos durante una comida también puede marcar la diferencia. Los expertos señalan que servir las verduras al inicio de la comida, cuando los niños tienen más hambre, aumenta la probabilidad de que las consuman.
Además, esta estrategia reduce la competencia con otros alimentos de mayor densidad calórica que suelen resultar más atractivos para los menores. Los investigadores indican que también puede contribuir a evitar el exceso de consumo de otros alimentos.
Incluso en el desayuno, una comida en la que tradicionalmente no se incluyen verduras en muchos países occidentales, pueden incorporarse opciones como espinacas, champiñones o calabacín. Un ensayo realizado en ocho centros de cuidado infantil del Reino Unido en 2023 encontró que los niños consumieron verduras en más del 60% de las ocasiones en que se les ofrecieron durante el desayuno.
Otra estrategia consiste en modificar las proporciones de los alimentos servidos, incrementando la presencia de verduras y reduciendo la de ingredientes más calóricos.
Esto puede lograrse aumentando las porciones de vegetales como acompañamiento o incorporándolos en preparaciones mediante técnicas como rallarlos e integrarlos en salsas.
La investigación muestra que aumentar en un 50% la cantidad de frutas y verduras en el plato de un niño puede incrementar el consumo de estos alimentos. Asimismo, algunos estudios han encontrado que los preescolares comen más verduras y menos alimentos poco saludables cuando se les ofrece una variedad de vegetales durante las comidas.
Los investigadores señalan que la apariencia de los alimentos desempeña un papel importante en la elección de los niños. Cuando tienen varias opciones, suelen inclinarse por aquello que les resulta más familiar o atractivo visualmente.
Algunos estudios encontraron que los niños son más propensos a probar alimentos nuevos cuando estos se presentan de manera artística en el plato. También se ha observado un mayor consumo de frutas y verduras cuando se cortan en formas llamativas como flores, mariposas o figuras de osos.
Además, facilitar el acceso a estos alimentos como refrigerios también puede favorecer su consumo. Una investigación encontró que niños de entre 10 y 13 años eligieron y consumieron más verduras cuando estas se presentaron juntas en un recipiente con porciones individuales. Otro estudio reportó que los preescolares consumieron un 36% más de verduras cuando los alimentos estaban distribuidos en secciones separadas dentro del plato.
Los hábitos alimentarios de los padres influyen directamente en los de sus hijos. La evidencia muestra que los niños tienden a imitar los comportamientos observados en casa, tanto saludables como no saludables.
Un estudio realizado con escolares en Nueva Zelanda encontró que los hijos de padres con dietas más saludables consumían menos pasteles, chocolates y otros snacks salados. De igual forma, los niños cuyos padres modelaban hábitos de alimentación saludable mostraban una mayor preferencia por frutas y verduras.
Las comidas familiares frecuentes también se han asociado con patrones alimentarios más saludables, mejor control del peso corporal, mayores niveles de condición física y un menor consumo de bebidas gaseosas.
Los especialistas advierten que presionar a los niños para que consuman determinados alimentos puede disminuir su disfrute por la comida y favorecer hábitos menos saludables. Del mismo modo, utilizar dulces o alimentos ricos en grasa y azúcar como recompensa puede aumentar la preferencia por esos productos.
Por el contrario, algunas investigaciones sugieren que permitir que los niños interactúen con los alimentos puede ayudar a reducir la neofobia alimentaria, es decir, el rechazo a probar cosas nuevas.
En uno de los estudios citados, los niños fueron animados a tocar, oler y observar ingredientes como remolacha, garbanzos y pak choi, sin la obligación de probarlos. Posteriormente, mostraron una mayor disposición a aceptar ingredientes desconocidos y a degustarlos en el futuro.