Estudio en Puerto Rico revela que 85% de las adolescentes sufre dolor menstrual y 40% lo califica severo

La normalización cultural del dolor menstrual lleva a muchas adolescentes a guardar silencio y no buscar ayuda médica, lo que retrasa la detección de problemas de salud y perpetúa la desinformación sobre la menstruación.

Katherine Ardila

    Estudio en Puerto Rico revela que 85% de las adolescentes sufre dolor menstrual y 40% lo califica severo

    En el Ponce Health Sciences University, hoy, en horas de la tarde, se dio el encuentro "Mami, ¡esto duele!": Experiencias sobre la menstruación de adolescentes puertorriqueñas, donde un equipo de investigadoras y psicólogas presentó los hallazgos de un estudio pionero sobre la salud menstrual en la Isla. 

    La doctora Idhaliz Flores,  directora del Programa de Endometriosis y Salud Menstrual, abrió la actividad: 

    "Buscamos información sobre el ciclo menstrual de las adolescentes puertorriqueñas y  ¿saben qué? No había nada. No se había publicado nada. Ni siquiera sabíamos cuál es el perfil del ciclo menstrual de chicas puertorriqueñas", expresó, dejando claro el vacío que motivó esta investigación.

    Lo que comenzó como una inquietud académica se convirtió en un proyecto de gran envergadura que hoy arroja luz sobre una realidad ignorada por décadas. La fase uno del estudio incluyó un cuestionario aplicado a 1,200 estudiantes de toda la Isla, en colaboración con el Departamento de Educación. 

    Los resultados fueron reveladores y, en muchos aspectos, alarmantes: el 85 %  de las niñas reportaron dolores intensos durante su periodo menstrual, una cifra que no podía pasarse por alto.

    Dolor incapacitante: más allá de lo "normal"

    Al profundizar en la intensidad del dolor, las cifras resultaron aún más preocupantes. "Del 1 al 10, ¿qué nivel era? Siendo 1 no dolor y 10 el peor dolor que te puedas imaginar en la vida. Y un 40% nos dijo que su dolor era 8, 9 o 10", reveló la doctora Flores, dejando ver la magnitud del sufrimiento que muchas adolescentes experimentan en silencio.

    Estos números encendieron las alarmas sobre la posibilidad de condiciones subyacentes como la endometriosis, un diagnóstico que, contrario al mito popular, también afecta a adolescentes. 

    La investigación evidenció además otros patrones preocupantes, como desregulación hormonal, ciclos irregulares y sangrados profusos que afectan la calidad de vida de estas jóvenes. Ante estos hallazgos, el equipo decidió avanzar a una fase cualitativa que permitiera profundizar en las experiencias y emociones detrás de las estadísticas.

    Arte para romper el silencio

    María Martínez, estudiante doctoral de Psicología Clínica en PHSU y parte fundamental del equipo investigador, explicó la esencia del proyecto y su enfoque innovador. "La menstruación es un proceso biológico que pasamos todas las mujeres, pero en las adolescentes de Puerto Rico, esto es una situación que ellas viven detrás de lo que es el dolor, detrás de lo que es la vergüenza, el silencio, que no necesariamente esa debe ser la experiencia que tenemos que vivir", afirmó.

    La metodología incluyó la creación de mosaicos artísticos, una herramienta que permitió a las jóvenes expresar libremente sus emociones sin temor al juicio. "Además de lo que es el arte de terapia y lo que fue el mosaico, es una manera de expresarse libremente, hablar con una persona y desahogarse en estos temas que no son fáciles de comunicar, de no sentir el juicio de la otra persona", explicó, destacando el valor terapéutico de esta aproximación.

    La normalización del dolor como barrera

    Pues, de hecho, uno de los hallazgos más significativos del estudio fue cómo la normalización del dolor impidió que las adolescentes buscaran ayuda médica oportuna. 

    "Nosotras buscamos manejar los síntomas, nos quedamos calladas o si estoy sangrando por un mes, no busco un doctor porque me han dicho que es normal o que sucede bastante", señaló la estudiante, evidenciando un patrón cultural.

    El proyecto también incluyó un modelo educativo donde se explicaba a las jóvenes el nivel de dolor considerado normal, la frecuencia con que deben cambiarse los productos de higiene íntima y otros aspectos básicos de la salud menstrual que muchas desconocen. 

    Ya que en este caso, Martínez compartió que, según evidenciaron, las adolescentes no siempre acuden a sus padres con estas dudas: "Están buscando ese ejemplo en sus amigas, y son amigas están en la misma etapa, así que el mensaje que se lleva no necesariamente es el adecuado", advirtió.

    La necesidad de evidencia para impulsar políticas públicas

    A pesar de la relevancia del estudio, las investigadoras han enfrentado comentarios que minimizan su trabajo y la importancia de esta investigación. "Vi un comentario que decía, esto es un estudio de antes de Cristo, como si esto fuera algo común. Sin embargo, es algo que no está estudiado del todo, nosotros para tomar acción tenemos que tenerlo documentado, tenemos que tener la evidencia concreta para poder plantear políticas públicas". 

    La estudiante defendió el enfoque del proyecto, que trasciende lo meramente biológico. "El modelo del proyecto es biopsicosocial, así que entendemos que es algo biológico, pero tenemos que entender que también impacta la área psicológica, y lo que aprendemos de nuestra sociedad y de nuestra cultura también tiene un impacto en cómo nosotros lo vemos".

    "No podemos separar lo que es el dolor de lo que es la cultura, y lo que es esas emociones que llevamos todos", concluyó, invitando a una mirada más amplia y comprensiva.

    Asimismo, la Dra. Giselle Cordero insistió en la necesidad de estos estudios para generar cambios estructurales. "Nosotros necesitamos esta evidencia para mover y poder garantizar el bienestar de estas adolescentes", advirtió.

    Salud mental y menstruación: desmontando mitos

    Finalmente, la doctora Bárbara Barros, psicóloga clínica, abordó el componente de salud mental con una aclaración fundamental que buscó evitar malentendidos. "El ciclo menstrual no es una enfermedad. Ahora, una cosa es no patologizar, pero otra cosa diferente, es invalidar las experiencias de mujeres y personas menstruantes que tienen experiencias adversas".

    Barros fue enfática al describir la magnitud del sufrimiento de muchas mujeres que han sido silenciadas por generaciones. "La realidad es y hay evidencia de que hay muchas personas que esa experiencia prácticamente es como vivir un infierno". El problema, explicó, radica en la normalización del dolor como algo inherente a la condición femenina. 

    "Como esto es un proceso normal y natural, pues ¿qué sucede? Pues no te quejes, porque si yo me quejo, yo soy una changa, yo tengo que bajarle dos", menciona. 

    El largo camino hacia un diagnóstico

    La psicóloga vinculó estos hallazgos con el retraso en el diagnóstico de condiciones como la endometriosis, que puede tardar años en identificarse. "Esos 7 años que se da para confirmar un diagnóstico de endometriosis, no es por falta de estudios médicos, no necesariamente es por falta de especialistas. Es porque desde la primera vez que se empezó a presentar el primer síntoma, que fue dolor, que fue una menstruación incapacitante, que fue una menstruación con síntomas en la parte emocional y afectaba a la parte conductual, ¿qué era lo que se escuchaba? Eso es normal".

    El mensaje que reciben las jóvenes es siempre el mismo, transmitido de generación en generación. "Así también le pasaba a tu mamá, a tu tía. Tienes que bregar con eso". No es hasta la adultez, muchas veces cuando enfrentan dificultades de fertilidad, que logran un diagnóstico y un tratamiento adecuado.

    "Muchas veces la invalidación más grande hacia las mujeres somos entre nosotras mismas, porque quizás aquellas que tienen una experiencia llevadera en el ciclo menstrual, no ven lo que realmente pasa en otras personas", reflexionó.

    Sin embargo, las investigadoras coincidieron en que proyectos como este son solo el comienzo de un camino necesario. La invitación final es a  romper el silencio, validar las experiencias de las adolescentes y utilizar la evidencia científica para impulsar cambios en políticas públicas y prácticas clínicas que garanticen el bienestar de las futuras generaciones.



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