Investigadores identifican una bacteria clave que aumenta con la edad y desactiva la comunicación entre el aparato digestivo y el cerebro a través del nervio vago, abriendo la posibilidad de nuevas terapias.

El origen del deterioro de la memoria podría no estar en la cabeza, sino en el vientre. Así lo sugiere un estudio publicado esta semana en la revista Nature, en el que un equipo internacional de investigadores ha demostrado, mediante experimentos con ratones, que la inflamación gastrointestinal y los cambios en el microbioma intestinal son factores determinantes en el daño cognitivo.
El hallazgo ofrece una posible explicación a una pregunta que ha desconcertado a la ciencia: por qué personas de la misma edad presentan niveles tan diferentes de deterioro de la memoria.
Un equipo de científicos de centros de investigación de Estados Unidos y Europa ha trazado una ruta de tres hitos que conduce al declive de la memoria. El proceso se inicia con el envejecimiento del aparato digestivo, al que le siguen alteraciones en la composición microbiana y metabólica del intestino.
Ante estos cambios, las células mieloides del intestino reaccionan desencadenando una respuesta inflamatoria que termina por afectar la comunicación entre el intestino y el cerebro, un puente que depende del buen funcionamiento del nervio vago.
Los autores del estudio han señalado a un responsable directo dentro de este proceso: la bacteria Parabacteroides goldsteinii. Su presencia aumenta de manera natural con el paso de los años y, al hacerlo, provoca una inflamación silenciosa que interfiere con las funciones del nervio vago. Esa interferencia es la que, en última instancia, contribuye al deterioro de las capacidades cognitivas.
Para confirmar esta hipótesis, los investigadores diseñaron un experimento en el que convivieron durante un mes ratones jóvenes de dos meses con ratones viejos de dieciocho meses. Al compartir espacio y, por tanto, defecar en el mismo entorno, los animales jóvenes quedaron expuestos a la microbiota intestinal de los mayores, y viceversa.
Al cabo de ese mes, el análisis de la composición microbiana reveló un dato revelador: los microbiomas de los ratones jóvenes se habían vuelto muy similares a los de los animales viejos. Habían adquirido, por así decirlo, un perfil microbiano envejecido.
Cuando los científicos sometieron a estos animales a pruebas de reconocimiento de objetos y de orientación en laberintos, los resultados fueron contundentes. Los ratones jóvenes que habían adquirido microbiomas envejecidos mostraban el mismo rendimiento deficiente que los ratones viejos. La exposición a la microbiota de animales mayores había bastado para deteriorar su memoria.
Sin embargo, el estudio también arrojó datos esperanzadores. Al administrar a los ratones viejos una molécula capaz de activar el nervio vago, su rendimiento cognitivo mejoró de manera notable, hasta volverse indistinguible del de los ejemplares jóvenes. En otras palabras, un animal viejo recuperó la memoria propia de uno joven, un resultado que abre perspectivas prometedoras para el desarrollo de futuros tratamientos.
Los investigadores observaron también que los ratones criados libres de gérmenes, es decir, sin microbiota intestinal, mostraban un deterioro cognitivo mucho más lento a medida que envejecían, en comparación con los ratones normales que sí tenían un microbioma típico de la edad. Este hallazgo refuerza la idea de que algún componente del microbioma envejecido está directamente implicado en la pérdida de memoria.
Para confirmar que la bacteria Parabacteroides goldsteinii era ese componente, los científicos colonizaron los intestinos de ratones jóvenes con esta bacteria en particular. El resultado no dejó lugar a dudas: los animales perdieron capacidad en las pruebas de reconocimiento y orientación. La bacteria por sí sola era suficiente para inducir deterioro cognitivo.
Asimismo, cuando los investigadores restauraron el microbioma de los ratones jóvenes expuestos a microbiota envejecida mediante la administración de antibióticos, el efecto se revirtió por completo. Los animales recuperaron niveles de función cognitiva propios de su edad.
"Nuestra esperanza es que, en última instancia, estos hallazgos puedan trasladarse a la clínica para combatir el deterioro cognitivo relacionado con la edad en las personas", afirma Christoph Thaiss, uno de los autores del estudio, del Instituto de Investigación Arc de California.
Lo cierto es que la estimulación del nervio vago no es una idea descabellada. De hecho, ya se utiliza en muchos países como tratamiento para la epilepsia y otras enfermedades, lo que sugiere que esta vía podría explorarse también para frenar el deterioro cognitivo.
"Nuestro trabajo demuestra que la correcta señalización del intestino al cerebro, a través del nervio vago, protege a los ratones contra el deterioro cognitivo relacionado con la edad", subrayan los autores.
El estudio publicado en Nature pone de manifiesto una conexión hasta ahora poco explorada entre la salud digestiva y la función cognitiva. La inflamación intestinal provocada por cambios en el microbioma durante el envejecimiento puede alterar la comunicación a través del nervio vago y contribuir así al deterioro de la memoria.
Ahora bien, aunque se trata de resultados obtenidos en modelos animales, abren nuevas vías de investigación para entender por qué algunas personas envejecen cognitivamente mejor que otras.