Especialista explica los fundamentos clínicos de la medida, las condiciones congénitas que complican su aplicación y por qué, desde la ciencia, la exclusión de atletas transgénero de competencias femeninas no constituye discriminación.

Las pruebas de determinación de sexo mediante ADN no son nuevas en el olimpismo. Se utilizaron extensamente en el pasado, pero fueron eliminadas en la década de los noventa ante presiones de distintos movimientos sociales y situaciones médicas que pusieron en entredicho su aplicación universal.
Ahora regresan de forma obligatoria para todas las mujeres que aspiren a competir bajo el paraguas del COI. La prueba es sencilla en su ejecución: una muestra de saliva tomada de la parte inferior de la boca basta para el análisis cromosómico.
"Se hace un análisis de ADN para determinar sexo XX y si es hombre o mujer. Y si es evidentemente un transgénero, el ADN va a revelar que en términos de ADN es un hombre", explicó el doctor Amí. Sin embargo, el especialista advierte que la interpretación de sus resultados exige una lectura clínica más amplia.
Una de las aportaciones más relevantes del especialista es su énfasis en que el ADN, por sí solo, no siempre cuenta la historia completa. Existen condiciones médicas poco frecuentes —pero reales— que pueden alterar los niveles hormonales de una atleta nacida mujer sin ningún tratamiento de transición de por medio.
"Puede haber un caso de hiperplasia adrenal congénita donde, debido a esa condición, las glándulas adrenales pueden producir hormonas masculinizantes. Sin embargo, tú mantienes un sexo femenino si eres una mujer, pero tu cuerpo produce más sustancias androgénicas o testosterona", detalló el doctor Amí.
A esto se suman casos de atletas femeninas con testículos retroperitoneales cuya existencia puede ignorarse durante años:
"Ella no lo sepa, o nadie lo sepa", precisó el médico. Por todo ello, concluyó que la evaluación no puede limitarse a la genética: "Tenemos que hacer inclusive pruebas adicionales como sonograma o resonancia magnética para poder detectar si hay otras cosas que alteren la producción de agentes androgénicos derivados de testosterona."
Estas condiciones son infrecuentes —el especialista estima una prevalencia de entre uno en 18,000 y uno en 28,000 personas— pero tienen consecuencias reales en el deporte de élite.
El doctor Amí abordó de forma directa el argumento central de quienes defienden la exclusión: que un individuo criado biológicamente como varón posee ventajas estructurales que ningún tratamiento hormonal puede borrar completamente.
"Va a tener huesos más grandes, más fuertes, va a poder tener masa muscular más grande, el corazón es más grande, los pulmones son más grandes, la resistencia es mayor, la estatura es mayor, la fuerza es mayor", enumeró.
Desde esa perspectiva estrictamente clínica, considera que la decisión del COI es médicamente correcta y rechaza que impedir la participación de una atleta transgénero en la categoría femenina equivalga a discriminación. "Si esa persona quiere vivir su vida como mujer, tiene derecho a hacer las cosas que quiere en su vida. Lo que pasa es que en el deporte van a haber unos elementos que sí van a influenciar directamente unos resultados que son más difíciles de controlar", afirmó.
Consultado sobre la permanencia de esta política, el doctor Amí se mostró cauteloso. Recordó que el debate en torno al boxeo femenino en los Juegos Olímpicos de París demostró que el péndulo puede moverse en cualquier dirección. "Yo creo que sí puede revertir. Lo vimos en los Juegos Olímpicos de París en boxeo. Puede ser que el péndulo se vaya al otro lado", advirtió.
La intersexualidad, las anomalías endocrinas y los casos de variación congénita seguirán planteando retos a cualquier reglamento que intente trazar líneas nítidas donde la biología dibuja gradientes.
El desafío para los organismos reguladores será encontrar protocolos lo suficientemente rigurosos para preservar la equidad competitiva sin ignorar la complejidad del cuerpo humano.